CAPÍTULO 18. MIÉRCOLES 4 DE MAYO, UNA TARDE EN EL TEATRO.
El miércoles tuvimos un día primaveral en toda regla: el sol brilló e hizo un calor bien digno del mismísimo mayo cordobés. Andaba yo a media tarde por la bulliciosa calle Tverskaya en dirección al Kremlin, camino de casa, cuando ví a una típica ancianita rusa que estaba gritando algo a la muchedumbre al lado de un teatro. Siempre llevo puestos auriculares, pero ese día tenía mucho en lo que pensar y quería hacerlo escuchando el ruido de la ciudad, por lo que entendí perfectamente a aquella mujer mientras la sobrepasaba:
- ¿Nadie quiere acompañar a esta abuelita al teatro?, ¡tengo entradas gratis!...¡Caballero!...¡señorita!...
Pensé que tenía cosas que hacer y que debería irme a casa, por lo que la evité y seguí mi camino. A la altura del Ritz, varios metros más adelante, fue cuando me di cuenta de lo temprano que era y de la oportunidad que aquella señora me brindaba, por lo que me volví ipso facto y regresé corriendo a la entrada del teatro, donde me encontré una escena bastante injusta: la buena mujer en mitad de la acera, vestida de punta en blanco, con las mejores intenciones y los billetes en la mano y todo el mundo apartándola y esquivándola como si fuera un obstáculo más de la ciudad.
- Señora, ¿es cierto que tiene entradas gratis para el teatro?
- ¡Por supuesto, jovencito! Míralas, aquí están... me las han regalado, pero no tengo a nadie que me acompañe y pensé que sería una pena desperdiciar una de ellas. ¿Quieres venir conmigo?
Cuando le dije que sí, se le iluminó la mirada, le cambió la expresión de la cara y empezó a hablarme de un montón de cosas que parecía que tenía guardadas desde siempre esperando a que yo apareciera para contarlas: que si la calle Tverskaya, que si la juventud de hoy en día, que si cuando ella tenía mi edad, que si las obras que había visto, que si... Me preguntó de dónde era y me presentó a los acomodadores como su "novio español", mientras entrábamos a la sala del brazo. Yo la miraba de reojo y la veía feliz, con sus ropas viejas y raídas, pero preciosas.
Me explicó que la obra que íbamos a ver versaba sobre la vida de Pushkin y su tormentosa historia de amor con Tatiana. Incluía algunos poemas y piezas de ópera y duró dos horas que disfruté de principio a fin, a pesar de que no entendiera muchas partes.
A la salida, Alla -que así se llamaba mi acompañante-, comentó entusiasmada sus escenas favoritas. Después, nos agradecimos mutuamente la compañía, nos despedimos y emprendí de nuevo el camino de vuelta a mi casa.

Javi, cómo me gusta tú blog! He empezado hoy por la primera entrada y me he leído las 18 del tirón...
ResponderEliminarMe alegra saber que estás bien y contento de nuevo en Moscú.
¡Gracias Mar!
ResponderEliminarTenias que haber completado este escrito de tu blog con una foto de esa anciana que te invitó al teatro.....me hubiera encantado conocerla. Un beso.Karin
ResponderEliminarParece que estas rodando una película...la escena con la viejecita gritando podría salir perfectamente en "My fair Lady" por ejemplo.Un beso fuerte y que puedas seguir disfrutando de estos últimos dias en ese pais tan sorprendente. M y P
ResponderEliminarBonjour mon cher Javi,tu madre me hablo de este blog que estas escribiendo y estoy encantada de saber de ti y de una manera tan amena ¡ que bien escribes ! De verdad mis felicitaciones por todo lo que estas aprendiendo y viviendo; veo que aprovechas hasta el último segundo. NO TE IMAGINAS COMO TE ENVIDIO.Un beso fuerte Patricia
ResponderEliminar¡Muchas gracias Patricia! Me alegro de que te guste el blog, la semana que viene lo volveré a actualizar con nuevas aventurillas, jeje ;)
ResponderEliminarUn beso, Javi.