martes, 15 de marzo de 2011


CAPÍTULO 5. 14 DE MARZO, LA UNIVERSIDAD DE MOSCÚ.

Rusia y yo, yo y Rusia, desde que nos conocemos, hace ahora año y medio, siempre nos hemos traído una apasionada relación de amor-odio. El lunes tuvimos una bronca y la “Madre Patria” me recordó que este país es sólo para fuertes…

Veréis, empecé mis clases –de las que hablaré en otro momento-, muy ilusionado, el lunes por la mañana. Después de tres horas de “Ruso para los Negocios”, me fui a la una a toda prisa para la universidad con la intención de dejar hechos, por fin, todos los trámites para obtener mi habitación y poder dormir esa noche ya en el campus.

Sabía que sería un poco rollo, pero los rusos a veces consiguen superar mis expectativas. Casi seis horas, (que incluyeron cinco oficinas, no se cuántos papeles, sellos, pagos, recibos, firmas, fotocopias, autorizaciones y peleas con chinos que no respetan colas) después de mi primer trámite, obtuve la preciada llave para mi dormitorio.

Una señora entrada en años -que siempre me imagino que la contrataron en su día, hace décadas, porque debió de estar buenorra-, me abrió las puertas al palacio de porquería que echó abajo parte de mis planes para estos meses.

Me habían dicho que la resi era vieja y fea, pero no me habían hablado del depósito de porquería que son sus habitaciones. En serio, indescriptible. Prefiero no dar detalles de lo sucio que estaba ese dormitorio porque a más de uno se le puede revolver el estómago. Lo que si diré es que esa residencia/habitación no está para ser limpiada, si no para que le prendan fuego.

En los diez minutos que paso allí no quiero tocar nada porque está todo pegajoso, así que me limito a preguntarle a esta buena señora que si todas las habitaciones están así y le digo que no me parece correcto, a lo que ella responde indignada que la habitación está perfectamente bien. Sin palabras me quedo...

Ha anochecido ya cuando salgo del edificio y no me apetece pasear mi maleta por la nieve derretida y por el metro (¡aún me quedaba hacer la mudanza desde casa de Carmen!), por lo que prefiero llamar a mi anfitriona para decirle que por favor, me acoja una noche más, y contarle que la habitación está asquerosa y que al día siguiente me iré bien temprano con una máscara de gas, varios cepillos y mucha mucha lejía...Inocente de mi: no puedo llamar porque mi súper móvil ha dejado de funcionar ¡Con la de gente con la que tengo que hablar! Solución: internet. Un amigo me explica que tengo que llevar el teléfono a las afueras de Moscú y luego ir a recogerlo dentro de dos o tres semanas (¡bien!) y otro, Luis, me presta caritativamente uno extra que tiene. Entre tanto, me pierdo en mi regreso buscando una parada de metro que no existe y me meto en el súper un rato para comprarle cuatro cosas a Carmen...

Total, que acabo de hacer todo esto, hablar con Carmen y comer (por primera vez en el día) cerca de las once de la noche. Me acuesto agotado conforme acabo el último pedazo de pizza. Mañana va a ser un día duro.

1 comentario:

  1. Yo conocí esa residencia en su fase "cutre y vieja" en 1988... creo que en los 23 años que han pasado desde entonces no deben de haberle pasado el paño (y menos la lejía), pobre Javi cuando me lo contaba daba mucho asco (no él, ¡¡malpensaos!!, la habitación), menos mal que al día siguiente...
    Carmen

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