domingo, 10 de abril de 2011


CAPÍTULO 12. 4-10 DE ABRIL, UNA SEMANA TRANQUILA DE DESPEDIDAS Y REENCUENTROS.

Después de unas semanas muy intensas, en las que se han solapado tres fashion weeks e innumerables eventos e inauguraciones, Moscú, resacosa, se ha sumido en una calma chicha apabullante, probablemente para retomar fuerzas para cuando por fin explote la primavera en mayo. Está todo muy tranquilo. No hay movimiento en facebook, no he recibido invitaciones para nada que suceda pronto y hasta el siempre ajetreado blog del fotógrafo Timofey Kolesnikov, erigido cronista social por excelencia de la nueva Rusia, lleva varios días sin actualizarse. Los que habían sido protagonistas de mi día a día durante marzo se han ido dispersando y desapareciendo escalonadamente: Kozak ha huido a Italia para descansar, Víctor a Miami por trabajo, Sergei Polikov y Alexandr Kondakov a San Petersburgo, Sasha está trabajando hasta media noche, Masha recluída eligiendo vestidos y tocados, mis compañeras de piso en Irlanda y yo, estudiando y yendo a clases como un niño bueno.

Toda esta calma me ha venido fenomenal, ya que por fin me ha dado tiempo a pensar y decidir mi futuro inmediato, que explicaré otro día. Ahora toca relatar los momentos más remarcables de la semana, que ha sido en general muy sana y agradable.

Lunes, martes y miércoles los pasé entre la uni y casa, con mis libros y mis películas. El jueves había invitado a cenar a mis dos Saschas favoritos de Moscú (el Kondakov y la Aleksandrova), por lo que me armé de valor y me fui después de clase al Alcampo de Universitet a comprar cosas para ofrecerles. Digo que me armé de valor porque cualquiera que haya pasado por ese supermercado sabe que ir una tarde entre semana es lo mismo que ir a la guerra a luchar contra un ejército de marujas rusas armadas con carritos y mucha mala leche. No pasa nada. Yo me puse mis cascos y me adentré en esa batalla de empujones, malas formas y escasa educación con el objetivo de salir ileso, física y emocionalmente, en el menor tiempo posible. Lo conseguí y acabé en hora para irme a casa a preparalo todo.

Creo que he heredado de mis padres el gusto y la capacidad de ser un buen anfitrión, ya que cada vez que invito, me preocupo y afano en que todo salga perfecto. Y así sucedió el jueves. La casa estaba como los chorros del oro, las velas encendidas y toda la cena bien preparada media hora antes de la llegada de mis amigos. ¿El menú? aperitivos españoles (aceitunas, jamón, queso...) y una ensalada de rucula con nueces, queso, salmón, huevo duro, maíz, piña y esa salsa de miel tan rica que me enseñó mi madre. De postre, chocolates variados.

Kondakov llegó tarde porque le estaba acabando un vestido a Natalia Vodianova para una gala benéfica en Londres. Me lo enseñó en primicia y lo encontré precioso, aunque le expliqué que tenía todo el corte de lo que en mi país llamamos un traje de gitana. Le pareció muy curioso y le hizo gracia. Alexandrova llegó más tarde aún porque tenía que hacer muchas cosas, entre ellas ir a Dior a que le pintaran las uñas de azul verdoso, en el mismo tono que sus ojos. Me enseñó las manos orgullosa y me dijo que sería el color de la temporada. Sascha siempre es así y siempre me hace sonreír.

Los dos tienen un montón de proyectos y los dos quieren que me involucre con ellos, aunque siempre les paro los pies y les recuerdo que yo dependo de un sueldo y una visa, y que si no los consigo, tendré que abandonar el país. Para Sascha A. todo es posible y sigue diciéndome que estudie más ruso, que saldrá algo pronto...

La velada acabó poco después de que termináramos la botella de rioja, a una hora prudente y con todos satisfechos. Hay que repetir más noches como esa, concluimos.

El viernes no hice nada y el sábado fue un día de despedidas y reencuentros. Víctor se iba al día siguiente a Miami por un mes y medio y nos invitó a comer a sus mejores amigos: Guillermo, el cónsul de Costa Rica en Rusia, y yo. Nos preparó una sopa panameña deliciosa y charlamos largo y tendido de Moscú y de nuestros planes, ya que todos nos encontramos en pleno proceso de cambios. Los dos sudamericanos me dieron una inesperada clase de buen uso de español y me regalaron una sobremesa de historias de lo más divertidas. Me despedí de Víctor a las siete sin saber si nos volveríamos a ver en Moscú (él regresa de Miami cuando yo ya estoy de vuelta en España) y me fui directo al piso de la calle Tverskaya en el que viví el año pasado, que no había pisado aún desde que me marché.

Mi antugua casa me la encontré igual que tres meses atrás la dejé, pero más sucia y desordenada. Tom se pasea con mis babuchas, David Bowie y otros artistas aún espian desde el techo del cuarto de baño y en la cocina nadie ha borrado mis notas escritas en la nevera. En mi cuarto siguen mis postales pegadas a la pared y en mi antiguo balcón, las zapatillas que dejé olvidadas la última noche para que se airearan se han convertido en improvisados ceniceros y están hasta arriba de colillas... todo un tanto extraño. Mis compañeros de piso tampoco han cambiado: Dan sigue obsesionado con la salud, Tom no suelta su eterno gin tonic en ningún momento del día y Yosi sigue hablando altísimo y de forma súper expresiva de las chicas que conoce en el metro o de los millonarios con los que trabaja. Charlamos de los últimos meses, de los siguientes y nos reímos como cualquier otro día de los que yo pasé viviendo en esa casa.

De ahí me fui a visitar a Olivia y a Adam, que estaban pasando un sabado tranquilo tirados en el sofá de su casa. Como siempre, nos pusimos al día y me animaron y dieron ideas para mantenerme en Moscú...¡ay, si todo fuera tan fácil como lo ve esta gente!

El domingo por la tarde, me puse buena música francesa y pinté mi salón y algunas otras zonas de la casa. También estudié y planee la nueva semana, que va a ser muy diferente ya que he dejado de ir a la universidad... ¿qué me depararán estos días? ¿a dónde iré? ¿a quién conoceré?...Respuestas a estas y otras preguntas, ¡en el próximo capítulo! jaja

sábado, 9 de abril de 2011


CAPÍTULO 11. 31 DE MARZO - 3 DE ABRIL, AMINORANDO LA MARCHA.

La semana pasada acabó tranquila, lo cual es algo que me apetecía bastante y que me vino fenomenal para descansar.

El jueves fui a la Russian Fashion Week para ver el desfile de moda española. Este es un evento que a mi me parece hortera y cateto (está lleno de famosos de segunda y nuevos ricos), pero dado que el show lo había montado la gente de mi ex-departamento, a la que yo aprecio mucho, no podía faltar. Además, de nuevo me habían dado invitaciones para mis amigos y era una ocasión perfecta para reencontrarme con ellos. Invité a Olga y Víctor, que disfrutaron bastante, según me dijeron, ya que no todos los días uno tiene la ocasión de codearse con tantísima perla y tantísimo botox.

Para mi, el desfile estuvo bien, pero el momento de la noche sucedió justamente a la salida, cuando buscábamos el coche de Olga por la rivera del río Moskva. No recordaba dónde lo había aparcado y pasamos como quince minutos riéndonos de/con ella, calle arriba y calle abajo. La pobre se excusaba diciendo que era rubia natural y que tenía muchas cosas en la cabeza como para acordarse del coche... Yo no me quejé en ningún momento ya que el tiempo era bueno y el marco incomparable para pasear: a un lado, el grandioso hotel Ukraina iluminado; al otro, los rascacielos del nuevo barrio financiero de Moscú. Como ya estaba oscuro, no se distinguía lo feísimos que son estos edificios, sino que se veían tan sólo enormes haces de luz en el horizonte que se reflejaban en el río, lo cual resultaba bastante glamouroso (¡mucho más que la Russian Fashion Week!). Por un momento me recordó a Shangai y me vino un flashback de la noche tan fantástica que pasamos Cristina, Teresa, Gorka y yo de fiesta allí el verano pasado. Ensimismado en mis recuerdos, a unos doscientos metros del World Trade Center, encontramos el coche.

Olga nos dejó a Victor y a mí en Propaganda. El panameño quería agradecerme las invitaciones al desfile con una copa en el que dicen fue el primer garito al estilo europeo después de la caída de la URSS. A mi Propa me encanta para comer, pero no para bailar, por lo que después de unos vinos y un buen filete, cuando apartaron las mesas y el restaurante se convirtió en discoteca, yo me retiré prudentemente a descansar, que al día siguiente, como todos los días, tenía que estar a las ocho en planta.

El viernes pretendía que fuera un día tranquilo pero Tom Washington, periodista en el Moscow Times, me invitó a su post-party de cumpleaños. Andaba un poco reticente a moverme de casa, pero quedé tan fascinado cuando me explicaron el concepto de dicha post-party, que no tuve otra que asistir. Me explico: este hombre había celebrado su cumpleaños la semana anterior, pero como muchos de sus colegas no pudimos asistir, volvía a festejar esa semana con una segunda fiesta, en una casa diferente y con gente distinta. Me hizo tanta gracia que se ganó mi favor y consiguió arrancarme del sofá. No obstante, como estaba algo cansado, esa noche me la tomé con mucha calma y ni bebí ni me pasé con los horarios, fruto de lo cual, a la mañana siguiente amanecí temprano y fresco como una lechuga.

El sábado fui por la tarde a un “club de conversación” en Le Pain Quotidien de Belorruskaya. El miércoles, en la fiesta del Ritz había conocido a una ruso-americana que organizaba reuniones para practicar el idioma de Pushkin y me convenció a probarlo. No estuvo mal. Había extranjeros y rusos deseosos de hacer nuevos amigos, por lo que durante dos horas escuché muchas historias y conocí a gente muy agradable. Algunos de los clientes sentados en la cafetería nos miraban alucinados y pensando: ¿qué harán este grupo de veinte pirados? ¡Hasta nos echaron una foto! Después de eso, le dije a Julio que no podía ir a su cumpleaños (me dolía un poco la cabeza) y me fui a casa a ver una peli soviética, de las de la colección de Karen.

El domingo por la mañana estudié y por la tarde fui a probar unas clases que voy a sustituir por las de la universidad. Las da una señora de unos ochenta años que vive a cinco minutos a pie de mi casa y que es, en si misma, merecedora de muchos párrafos de mi blog, por lo que esperaré a hablar de ella, su casa, su perro y de nuestros encuentros a otro momento más oportuno…

lunes, 4 de abril de 2011


CAPÍTULO 10. 30 DE MARZO, UNA NOCHE EN EL RITZ.


El miércoles a media tarde caía una nevada monumental sobre Moscú mientras yo, recién salido de la ducha, abrillantaba mis zapatos y aguardaba la puntual visita de Carmen, mi anfitriona durante las primeras semanas que pasé en Rusia en marzo. Esta, como siempre, no se demoró ni un minuto de la hora pactada y apareció a las 18,15, mojada, sudando y despeinada, pero con el mismo buen humor de siempre y un delicioso bizcocho de los suyos bajo el brazo. Venía a “cotillear” la casa que yo había cambiado por la suya, a recoger las perchas que me prestó y a verme la cara y ponernos al día (¡que pasar de largas charlas de sobremesa a fríos emails es un cambio demasiado radical y teníamos que atajarlo de alguna manera!).

En la hora que pasamos juntos nos dio tiempo a que ella me hablara de su semana y yo le contara mis progresos con el ruso, el trabajo y detalles de algunos de los episodios que ya había relatado en el blog durante esos días (algo que, por cierto, se me empieza a hacer frecuente). No obstante, una vez acabado el té, el café y los consejos, nos tuvimos que ir a toda prisa, ya que a mi me esperaban en el evento que tenía para esa tarde: la gran fiesta de apertura de la Russian Fashion Week en el hotel Ritz-Carlton.

Una vez más (¡y ya iban tres en esa semana!), de blanco y negro, repeinado y oliendo a ese perfume tan fresco y al mismo tiempo sofisticado que Verónica me regaló por mi cumpleaños, salí a la calle dispuesto a disfrutar de otra sesión de champán, canapés y faranduleo...

Eran más de las ocho cuando llegué a la bulliciosa calle Tverskaya y crucé los controles de seguridad de entrada al evento. No era ni el primero ni el último de los invitados, lo cual es bueno, dado que en la sala de baile de la primera planta del hotel ya circulaban bandejas con delicatessen y la mayoría de los asistentes estaba bebiendo su segunda copa.

Allí conocí a personas bastante interesantes, además de reencontrarme con amigos y gente de la embajada. De nuevo, me volvieron a preguntar varias veces que quién era la chica que me acompañó a la apertura de “20 Trajes para Rusia”, ya que había sido tema de conversación entre todos los corrillos de invitados. Me hizo mucha gracia que mi exjefe, una de las personas más críticas que conozco, me dijera que la quiere en cualquier celebración que organice la embajada, ya que nunca ha visto a una mujer con mayor clase y mejor porte que mi amiga Masha. “Ya se lo comentaré…”, le contesté orgulloso.

La fiesta transcurrió sin sobresaltos entre trajes largos, pajaritas, fotógrafos y famosos, pero a mi se me empezó a hacer un poco estirada en un momento de la noche, en el que un dj intentaba hacernos bailar y allí nadie movía un dedo, más allá que para coger un canapé. Fue entonces cuando me llamó mi amiga Sascha para invitarme a la presentación de una nueva marca de ron. “No puedo Sascha, estoy en el Ritz, en la fiesta de la RFW y ya no quiero moverme de aquí…aunque bueno, esto está un poco aburrido, con lo que si lo del ron no está muy lejos, a lo mejor me puedo acercar”. Sascha se rió y me dijo que su evento era en la azotea del mismísimo Ritz en el que yo me encontraba, a lo cual contesté entusiasmado: “Vente para acá, morena, ¡que la vamos a liar!”.

A la media hora estaba allí mi amiga con su traje negro, su diadema de brillantes y sus historias para contar que sabe que me encantan...

Debajo de una lámpara de araña del tamaño de un coche (¿o más grande quizás?) y champán en mano, Sascha me hizo, como en otras ocasiones, un breve repaso del “quién era quién” en la fiesta de la RFW, justo antes de subirnos a la azotea a ver de qué iba lo del ron.

Así pues, una vez hecho nuestro examen de rigor a los asistentes al evento de la primera planta, tomamos el ascensor para arriba y… ¡voilà! Otra música, otra gente, otro tema, otra fiesta…mucho más relajada y divertida, en mi opinión. Además, el recinto acristalado con todo el horizonte moscovita iluminado a nuestros pies le daba veinte vueltas a los tapices, moquetas y apliques de oro de la planta baja. Allí bailamos, bebimos ron, conocimos a más gente, vimos una exposición de fotografía que se celebraba en paralelo y lo pasamos estupendamente. Sin embargo, en un momento de la noche nos dimos cuenta de que los canapés y la bebida estaban mejor abajo (en la azotea sólo había ron), por lo que comenzamos un peregrinaje, que repetimos varias veces, consistente en ir a la primera planta a abastecernos y volver a la alta a bailar. Ascensor para arriba, ascensor para abajo. Champán y queso, ron. Ascensor para arriba, ascensor para abajo. Suelo de mármol, moqueta. Ascensor para arriba, ascensor para abajo. Trajes largos, chicos en vaqueros. Ascensor para arriba, ascensor para abajo…

Al final, tanto bailoteo y movimiento nos cansó y decidimos acabar el día dando un paseo. Dado que estábamos en el centro y que la noche había quedado preciosa, fuimos a ver la Plaza Roja, por primera vez en este año para ambos, que estaba tranquila e increíblemente bonita después de la nevada de la tarde. Estando allí nos dimos cuenta de que Sascha se había traído en las manos, sin quererlo, una copa de champán de la fiesta de la RFW, que andaba bebiendo por mitad de la calle, como si fuera lo más normal del mundo. “Claro, tanto ajetreo con los ascensores, que al final yo ya no sabía ni a dónde iba”. Nos reímos como niños y concluímos que sería un bello recuerdo para mi amiga de otra noche inolvidable. Al fondo, la Catedral de San Basilio, presidía majestuosa la Plaza.

jueves, 31 de marzo de 2011


CAPÍTULO 9. 28-29 DE MARZO, EL AÑO DE ESPAÑA EN RUSIA.

Esta semana no está siendo más tranquila que la anterior, lo cual me encanta.

El lunes, la embajada española se vistió de gala para la apertura de la exposición “20 Trajes para Rusia”, en la que se mostraban vestidos confeccionados por diseñadores patrios e inspirados en las más famosas novelas rusas.

Este es un proyecto al que le tengo mucho cariño, porque se gestó cuando yo aún estaba en la embajada y porque fui partícipe de las primeras discusiones acerca del mismo. Además, se cuán duro ha trabajado mi exjefa Verónica en él, y cuánto empeño le ha puesto en que todo resultara perfecto, por lo que yo estaba, hasta un poco nervioso esa mañana y casi no comí. Después de toda la tarde al teléfono (la oficina tuvo el detallazo de decirme que invitara a mis amigos), me planté a las seis, vestido como un pincel, en el Museo de Artes Decorativas de Moscú.

Llegué cuando la rueda de prensa estaba acabando y me dio tiempo a saludar a todos mis excompañeros y a ver la exposición (increíblemente bonita) tranquilo, antes del comienzo del cocktail.

A las siete se descorcharon las primeras botellas de champán y buen vino español y comenzaron a llegar los invitados. Mi teléfono echó humo durante media hora, con gente perdida, que no sabía por dónde entrar o que había olvidado la invitación en casa. Afortunadamente, el estrés duró poco y todo el mundo llegó bien. Me encantó que vinieran mis amigos rusos y se que ellos disfrutaron igualmente allí. Son de esta nueva generación que está ansiosa por descubrir mundo, crear y hacer todo eso que no pudieron sus padres, con lo que son siempre muy receptivos a cualquier cosa extranjera (Nota mental: hablar algún día de Ivan Skorikov y su novia Nadia). Entre los más fotografiados, Alexandr, Polina y Masha…que son tres personajes de película.

También había en la inauguración muchas personalidades que habían venido desde Madrid, principalmente políticos y diseñadores, pero con la mayoría no llegué a pasar más de dos minutos seguidos, dado que enseguida me recordaban lo cutres, arrogantes, maleducados y catetos que podemos llegar a ser los españoles. No obstante, algunas, como Agatha Ruiz de la Prada, me regalaron sin darse cuenta, pequeñas historias para mi anecdotario particular. Cuando saludé a esta mujer, impresionado porque me pareció joven y guapa, me dijo que ella me conocía de verme siempre en Cibeles, lo cual entendí al instante, se trataría de una confusión con mi primo César, habitual en la Madrid Fashion Week. No le dije nada (¿para qué quitarle la ilusión a la pobre?) y seguí hablando con ella de Moscú y los jóvenes creadores rusos. En un momento determinado, le dije que había traído a algunos amigos muy interesantes y me pidió conocerlos, por lo que llamé a Alexandr y a Masha para que se unieran al grupo. En el post anterior ya había dicho que Masha era la mujer más elegante que he conocido nunca y efectivamente el lunes lo volvió a demostrar. Espectacular, como siempre, Masha apareció a lo lejos entre la multitud y se acercó hasta nosotros andando muy despacio, vestida de rojo y azul, con la mirada en el suelo (lo cual hacía resaltar su enorme tocado de hojas de terciopelo negro) y Alexandr del brazo. Cuando a escasos metros, Masha levantó la cabeza y sonrió tímidamente, pude escuchar a Agatha decir detrás de mí entusiasmada: ¡Oh Dios mío!¡Es divina! Tras lo cual se abalanzó sobre ella eufórica con un exageradísimo: Hello, my dear! How are you? Que dejó a todo el mundo impresionado. En segunda fila, Modesto Lomba observaba la escena ensimismado, ya que probablemente no habría visto nunca tan cariñosa y agradable a Agatha o no habría visto antes a alguien de la categoría de Masha. Después de una breve conversación, nos retiramos a seguir conociendo a gente, pero yo pude observar complacido como Agatha buscaba a Masha con la mirada y la estudiaba de arriba abajo, porque verdaderamente la forma de hablar, moverse, andar o incluso saludar de mi amiga rusa es maravillosa e hipnotizadora.

Los más divertidos de la noche los conocimos poco después: Aitor e Iñaki, dos gemelos idénticos, que son los simpáticos creadores de la firma Alianto. Entre tantísima gente estirada, estos dos majísimos bilbaínos supusieron un poco de frescor durante más de una hora en la que estuvieron con nosotros explicando cómo trabajaban, sus proyectos, sus opiniones sobre el país… El diálogo fue sumamente enriquecedor, ya que Alexandr está dando sus primeros pasos como diseñador independiente y su próxima colección va a estar inspirada en España. Una vez más, Masha fue sin quererlo, la gran protagonista, ya que los hermanos la miraban en todo momento como si fuera el animal más exótico que hubieran visto jamás. Alexandr bromeó diciendo que Masha es de profesión musa, ya que gran parte de la inspiración de muchos de los artistas de la new wave rusa se la deben a ella. “No nos extraña”, contestaron obviamente Aitor e Iñaki.

Después de esa noche, en la que casi no pude dormir de felicidad, al día siguiente por la mañana volví a ser un estudiante de universidad en vaqueros y zapatillas de deporte. No obstante, como viene siendo costumbre, a las tres, cuando sonó la campana, salí corriendo para comer, meterme en Internet para mirar curros, coger el metro y que me diera tiempo a ducharme y vestirme para otro evento en la tarde.

Esta vez, martes, se inauguraba la exposición “Arte Español en el siglo XXI” en el MOMA (Museum of Modern Art) de Moscú. La misma fauna de ayer, más otros nuevos (Nota mental2: hablar algún día de Vasily Tsereteli y Kira Sacarello). Yo, agotado, me quedé sentado en un rincón con mi amiga Anna. Poco a poco se nos fueron arrimando gente y acabamos siendo el grupo más ameno de todo el evento: un profesor de universidad ruso, dos granadinos de paso, un par de rubias guapísimas, la gente de cultura de la embajada, los gemelos de Alianto y yo nos quedamos, de nuevo hasta las tantas repasando la miseria y gloria de Rusia, ¡este gran país!

lunes, 28 de marzo de 2011


CAPÍTULO 8. 23-27 DE MARZO, CYCLES & SEASONS, FIESTAS, MUDANZA Y FRUSTRADA ENTREVISTA DE TRABAJO.


Apenas llevo unos días aquí y en mi mente parece que han pasado meses. Probablemente sea porque en Moscú cada día es diferente y especial. Me encanta la sensación de estar aprovechando el tiempo y haciendo cosas que me llenan con gente que me gusta.

Esta semana ha sido tan intensa que creo que este post lo organizaré en párrafos según el día.

Ahí va:

MIÉRCOLES

El miércoles volvió el frío a Moscú. Con él, la nieve, los abrigos de visón y el olor a vodka en el metro.

Cuando iba camino de clase vi el cadáver de un hombre tirado en la calle. Sé que estaba muerto porque tenía los ojos abiertos. En las escuelas de cine enseñan que imágenes de fallecidos anuncian que algo malo va a suceder. En mi caso, supongo que se podría aplicar a la nefasta entrevista de trabajo que hice ese día después de clase. Me explico:

Tras varias semanas en contacto, por fin había quedado con mi headhunter. Se suponía (o al menos eso yo pensaba) que este señor me iba a buscar trabajo, por lo que cuando me senté a charlar con él, describí mis perspectivas y capacidades de forma muy abierta, explicándole que me interesan muchos campos, que estoy dispuesto a trabajar en dónde sea, en lo que sea, etcétera, etcétera. Él insistió en que me definiera de forma más concreta, pero yo le contesté que no podía porque no tengo gran experiencia y sólo quería trabajar. Ya casi al final del encuentro, me dijo que me había llamado no para buscarme trabajo, sino para proponerme que me uniera a su equipo, pero que veía que no tengo planes concretos, que no sé lo que quiero y por lo tanto no estaba dispuesto a contratar a alguien que a los pocos meses cambiara de opinión y lo dejara tirado…de piedra me quedé y me fui confundido a casa de Carmen a contárselo todo.

Ella me hizo ver que el trabajo con ese hombre no hubiera sido lo mío, por lo que digerí rápidamente mi pequeño fracaso y me dediqué a despedirme como se merece de la que durante más de dos semanas había sido la más perfecta anfitriona. Ese mismo día era el que me mudaba a mi nuevo piso, ¡por fin!

Había estado muy a gusto con Carmen, quien me había mimado y cebado con algunos de mis platos favoritos, y con quién había establecido una especie de rutina de lo más agradable (desayunos de fin de semana en su biblioteca, largas conversaciones de sobremesa, películones antiguos por la noche, bizcocho por la mañana…) por lo que, me dio mucha pena dejarla, pero entiendo que no puedo vivir indefinidamente como invitado en su salón, ¡por mucho que ella diga que sí!

Karen y Verónica, mis nuevas compañeras de piso, me esperaban a las nueve para darme la bienvenida y las instrucciones básicas de la casa. No sin dificultades, monté mi cama de Ikea (¿cuántos muebles de Ikea habré hecho ya en mi vida?, ¿cómo es posible que me siga equivocando?) y me acosté agotado mirando las maletas que al día siguiente por fin podría vaciar, casi un mes después de haberlas hecho…¡qué felicidad!

JUEVES

El jueves volví a ir a un desfile de la “Cycles and Seasons” con Sascha. Esta vez el lugar elegido era una antigua oficina soviética reconvertida en un precioso restaurante y centro de ocio. Por los enormes ventanales se veían el río y la Catedral de Cristo Salvador, lo cual creaba un marco inmejorable para el show, que comenzó, de forma muy acertada, al atardecer. De nuevo me encontré con viejos amigos, bebí champán y disfruté del buen ambiente.

A la salida nos cruzamos con decenas de Bentleys, Mercedes, BMWs…y una nube de abrigos de visón, diamantes y pajaritas. Sascha me contó que en el edificio de al lado se celebraba el baile benéfico que organiza cada año Natalia Vodianova y al que asiste toda la alta sociedad rusa por un módico precio de tres mil euros la entrada… nos reímos diciendo que nos habíamos comprometido a asistir a otro evento y que seguramente no nos daría tiempo a llegar al de los millonarios: una pena.

Efectivamente, teníamos otro evento después del desfile. A unos doscientos metros, todavía en la isla de Krasniy Oktiabr (o como una vez leí, el “Manhattan moscovita”), se inauguraba una exposición de arte moderno de una joven artista rusa, de la que no consigo recordar el nombre. Esta mujer había vaciado una sala enorme y la había llenado de arena. Mucha mucha luz y arena. Eso era todo. Las chicas, con taconazos y plumas en la cabeza jugaban sentadas a escribir sus nombres y a hacer castillos, como en una playa, mientras que Sascha y yo, champán en mano –como empieza a ser costumbre-, planeabamos el intenso fin de semana que nos esperaba…

VIERNES

El viernes fue el día en que más frío he pasado desde que estoy en Rusia. El termómetro marcaba sólo -6º, pero la sensación térmica depende de otros elementos, como el viento y la humedad, y ese día parecía que Moscú estuviera cubierta por una tempestad. Muy desagradable.

Con este panorama, y sabiendo que el último desfile de la “Cycles and Seasons” se celebraba al aire libre, Sascha y yo decidimos cancelar nuestra asistencia y guardar así fuerzas para la fiesta de la noche, que precisamente era la clausura de dicha semana de la moda.

En Solyanka –probablemente mi sitio favorito en el mundo mundial-, nos volvimos a juntar todos los que ya llevábamos coincidiendo durante la semana, aunque esta vez para bailar los temazos de Dj. Kozak, mi buen amigo.

Entre mis colegas, Sergei y Masha, una pareja de lo más divertida. Él es diseñador de talento y ella es su musa. Cada vez que Masha va a salir, Sergei le hace un traje y un tocado, siempre diferentes y siempre espectaculares. El viernes, por ejemplo, llevaba un traje de pedrería color salmón y la cabeza llena de plumas negras de todos los tamaños. Alguna vez tengo que escribir más sobre Masha, porque es la chica más elegante que he visto en mi vida y merece un blog entero para ella sola. También estaba Declan, que ha venido desde Hong Kong sólo para asistir a la “Cycles and Seasons”. Declan es director creativo de uno de los centros comerciales más lujosos de toda Asia, el “Lane Crawford”, y su trabajo consiste en buscar inspiración para decorar los escaparates, actualizar la página web, o publicar catálogos. Este año ha cambiado sus viajes a París y Milán por Moscú, ya que piensa, como yo, que aquí se encuentra una de las generaciones de jóvenes con más talento de la historia. Igual, viejos y nuevos colegas sobre los que, si empiezo a escribir, no acabo.

La noche, como siempre en Solyanka, inmejorable: nos reímos, bebimos y bailamos hasta mucho después del amanecer, cuando el sol entraba por las ventanas y la macro fiesta se había transformado ya en una selecta reunión de amigos. Creo que si no nos hubieran echado, quizás aún seguiríamos allí. Kozak (el dj), en agradecimiento a todos los amigos que nos quedamos hasta el final con él, nos invitó a desayunar huevos fritos y bacon en Starlite, un sitio americano al lado de mi antigua casa. Allí estuvimos como dos horas, resistiéndonos a acabar un día tan fantástico. Comentamos la noche, la semana y Kozak nos contó todos los detalles sobre el baile benéfico de Natalia Vodianova del día anterior. Concluyó diciendo que allí se lo había pasado bien, pero que no cambiaría jamás ninguna fiesta por las que celebramos nosotros en Solyanka.

SÁBADO

El sábado, como era de esperar, amanecí a las mil. Corriendo corriendo, me fui al mercadillo que mi amiga Anna organiza dos veces al año en el centro de arte contemporáneo Flacon: ropa de segunda mano, diseñadores independientes, puestos de comida y mucha gente joven. Guay, como siempre.

De ahí, directo a casa de mi amigo Víctor a ayudarle con los preparativos de la fiesta de inauguración de su casa. Había comprado comida como para cincuenta personas y nos hinchamos de preparar canapés y limpiar para que todo resultara perfecto. Yo tenía ese mismo día la fiesta de inauguración de mi casa y el cumpleaños de Óscar, por lo que en casa de Víctor sólo me quedé como una hora. Una verdadera pena, pero mis otros compromisos me requerían. Él lo entendió sin problema.

En mi casa estuvimos como unas treinta personas. Bueno, treinta más treinta, porque los vecinos de abajo también tenían una fiesta y decidimos juntarlas. Así, mi edificio se convirtió, a las doce de la noche, en una especie de discoteca al más puro estilo berlinés con gente escaleras arriba y escaleras abajo entre un piso y otro. Los vecinos y desde el sábado amigos, nos contaron que la mayoría de habitantes de la casa era gente joven. Todos los pisos pertenecen a un millonario que pasa de restaurarlos (están muy viejos) y los alquila súper baratos, con lo que la media de edad de los inquilinos será de unos veinticinco años...si antes me gustaba mi casa, ahora me gusta mucho más.

Otra vez, de parranda hasta las mil, me lo pasé bomba. Lo mejor de todo es que no tengo nunca ningún remordimiento porque llevo al día el ruso, noto que mejoro cada semana y practico un montón…¡qué buena etapa! :)

DOMINGO

El domingo...el domingo, ¡descansé!

martes, 22 de marzo de 2011


CAPÍTULO 7. 18-22 DE MARZO, LOS DÍAS EN LOS QUE ENCONTRÉ MI CASA Y ME REENCONTRÉ CON MOSCÚ.

Estos días no he parado.

El viernes quedé con Karen, la irlandesa. Si bien esta niña siempre es maja, ese día lo fue más que nunca. Me la esperaba alicaída y preocupada por su reciente ruptura con mi amigo Tom y me la encontré irradiando buen rollo y alegría: le dije que sentía que la relación hubiera acabado y me contestó que todos los cambios son para bien y que había conseguido el mejor trabajo de su vida recientemente; le comenté que andaba nostálgico por las fiestas del año pasado y me invitó a dos para la semana siguiente; y le pregunté si sabía de alguien que pudiera estar buscando piso, ¡y me respondió que ella misma!

Se acaba de mudar con mi otra amiga irlandesa (Verónica) a un piso en el centro y andan buscando un tercero. Todo sonaba fantástico, por lo que nos fuimos a celebrarlo bailando temazos soviéticos a Masterskaya y a Gogol. Después, se supone que habíamos quedado con Yosi en el Che, pero para las tres ya nos habíamos bebido todo el dinero que llevábamos y varios rusos nos habían echado vodka por encima entusiasmados con el musicón retro de los garitos, por lo que decidimos irnos a casa a descansar.

El sábado los irlandeses en Moscú celebraban el baile de San Patricio, al que no fui invitado, como era de esperar, al no ser irlandés ni nada que se le parezca. Sin embargo, si que me llamaron para la preparty en casa de Karen y Verónica en la que todos los jóvenes calentaban motores antes de la cena. Allí me encontré con viejos amigos e hice otros nuevos, además de ver la que será mi futura habitación, que me pareció preciosa. Despues de un par de copas de champán, me retiré a casa prudentemente, que al día siguiente tenía muchas tareas de ruso esperándome.

El domingo fue muy productivo: la mañana la pasé entre libros y la tarde, primero con Katia, viendo la magnífica exposición de fotografía “The Best of Russia” en Vinzavod y después, con mi futura nueva compañera de piso Karen en el teatro, viendo una actuación de música folclórica irlandesa. Fue un evento muy ameno, en el que me encantó ver la hermandad entre compatriotas celebrando su historia y su cultura. El embajador, un señor amabilísimo, salió al escenario a cantar y a recitar sus poemas, además de recibir y despedir (en inglés y perfecto ruso) afectuosamente a todos los asistentes. Inevitablemente, me vinieron recuerdos de nuestro embajador y su actuación en los eventos españoles (a los que ha asistido). Quien haya pasado por aquí –y probablemente el que no, también-, puede imaginarse qué conclusiones saco de comparar a ambos…

El lunes, con una buena semana esperándome, me animé a ir reintroduciéndome en la vida social moscovita. Despues de clase y de discutir con mis compañeras de piso temas de dinero, fui con Sascha a un desfile de la “Cycles and Seasons”, la pasarela de moda independiente rusa. Aquí, aparte, están la Moscow Fashion Week y la Russian Fashion Week, que son dos horteradas monumentales llenas de políticos, millonarios, famosos de segunda, silicona, perlas y mechas. La “Cycles and Seasons” es, sin embargo, mucho más joven, fresca y selecta. Los diseñadores que exhiben son sólo un grupo pequeñísimo de elegidos (y no mujeres de millonarios que se encaprichan y juegan a coser una temporada o dos) y las invitaciones a los shows, exclusivamente a profesionales del sector, por lo que son súper cotizadas. El desfile al que fui con Sascha se celebró en una casa-palacio reconvertida en restaurante de súper lujo. En el salón principal, entre tapices, alfombras y lámparas de araña al más puro estilo ruso, nos enseñaron, a unas cien personas (mas prensa), las creaciones de Nazaryan, una armenia que pisa fuerte en Rusia. Allí me encontré con viejos amigos, bebí buen champán y posé para fotografos que me confundieron con alguien importante, jaja.

Al día siguiente, martes (para el que redacta, hoy), más buenos ratos. Clase por la mañana, después corriendo corriendo a PriceWaterHouseCoopers y por último, otro desfile.

En PWC me he encontrado con Olga, quien me ha invitado a tomar un café en la planta alta de su edificio de oficinas, desde la que se ve todo el horizonte moscovita, hasta donde la niebla permite: una verdadera maravilla. Me ha dicho que va a intentar que me entrevisten para trabajar allí, aunque la responsable de recursos humanos le ha explicado, delante de mi, que va a estar difícil porque tendrían que pagar un pastón de impuestos por mi contrato de extranjero, con lo que suelen preferir a rusos…el jueves de la semana que viene a más tardar, me darán una respuesta.

De mi café, he cogido el metro y me he vuelto a casa a ponerme como un pincel para el desfile de la tarde, el de Vika Gazinskaya. Se ha celebrado en una antigua nave industrial restaurada y ha asistido todo el que es alguien en la moda rusa e internacional (bueno, y yo). Me he vuelto a encontrar con más amigos y conocidos (Kolya, Alexander, Sascha, Masha, Evgeniy, Kozak, Nikolai…) que se han alegrado enormemente de verme y he vuelto a practicar un montón de ruso con Sascha, que me iba explicando, como en aquella escena de Titanic, quíén era quién entre tantísimo fotógrafo, camareros y fauna varia. Casi he vuelto a casa medio cegado por los flashes, sobre todo porque estaba sentado muy cerca de Natalia Vodianova, una de las modelos más famosas de la historia, que ha revolucionado el auditorio cuando ha aparecido. Le he dicho a Sascha que encuentro divertidísimo ese faranduleo, porque como yo no sé quiénes son la mayoría de los famosos en Rusia, cuando los veo me parecen súper ridículos al posar, hablar exageradamente o cuando andan en plan “miradme todos, que he llegado”. Una auténtica feria de vanidades que a mi me entretiene, me llama la atención, me divierte y me provee de champán y buenos ratos.

La ropa, preciosa.

viernes, 18 de marzo de 2011


CAPÍTULO 6.15-18 DE MARZO, MÁS HISTORIAS DE UNO QUE SE INTENTA ASENTAR EN MOSCÚ.

Al día siguiente, martes, volví a la famosa habitación a estudiar qué armas de destrucción masiva me harían falta para dejar aquello decente. Después de diez minutos observando todo con el sol entrando por la ventana me di cuenta de que no. Aquello era imposible, inhabitable. Lo pensé bien y no necesito pasar por determinadas penurias cuando tengo amigos que me apoyan y que me pueden acoger y cuando puedo permitirme algo medio decente.

Total, que dejé la habitación habiendo pasado en ella como un cuarto de hora… ¡menuda caca! ¿y ahora dónde vivo yo? Desanimado, llamé a Sascha y le dije que cancelaba mi asistencia al fiestón que daba Dolce y Gabanna al día siguiente en Garage. Monica Bellucci y toda la farándula rusa tendrá que esperar a verme la cara en otro momento. Sin casa, sin trabajo y con mogollón de cosas que hacer, ¿cómo me iba a ir de fiesta? Así pues, pospuse, hasta nueva orden, mi reencuentro con la noche moscovita.

Cuando llegué a casa, Carmen, que va camino de la canonización, me dio la razón en que no tengo porqué quedarme en esa porquería de habitación y me reiteró que me puedo quedar con ella el tiempo que quiera…yo se lo agradecí en el alma por enésima vez, pero sabiendo que lo antes posible me mudaría a vivir con rusos, que es lo que he venido a hacer aquí.

Al día siguiente, miércoles, fui a quejarme de la habitación y como era de esperar, la buena señora de turno, pasó de mi cara. Menos mal que detrás de mí había un holandés majísimo que me escuchó y me dijo: “A mi me pasó lo mismo, tienes que ir a hablar con otra señora y decirle esto, esto y esto”. Efectivamente (¡abracadabra!), con la ayuda del holandés, conseguí que me dieran indicaciones sobre como recuperar mi dinero y solicitar una nueva residencia.

Los trámites, que sorprendentemente me llevaron tan sólo dos horas y pico los hice el jueves. Además, mientras esperaba en una de las colas, mi amigo Víctor me dijo que preguntaría a su jefe si me dejan vivir en el apartamento de su empresa que él va a dejar vacío mientras se va de vacaciones en unos días y Sascha me avisó de que una amiga suya buscaba compañero de piso, por lo que las cosas se me pusieron medio en orden de repente. Sin nada seguro, pero con perspectivas.

Cuando me devolvieron por fin mi dinero estaba tan contento que me compré un pastelillo para celebrarlo y llamé a mi buena amiga Olivia, para por fin, vernos las caras.

Olivia es una inglesa que lleva seis años enseñando inglés en Moscú. Es súper interesante, como todo el mundo que estudia filología, siempre tiene cosas que contar y me aprecia mucho, lo cual es recíproco. De hecho, nos hemos prometido que algún día viviremos juntos en Londres, cuando pase todo el jaleo de las Olimpiadas…¡si es que pasa!.

Olivia, delante de un par de copas de chardonnay, me contó como era el Moscú post-Javi, me habló de sus viajes, me animó a hacerme profesor de español y me dio contactos a los que escribir (y decir que busco trabajo). Aquí los contratos no se firman por cuán óptimo eres para un puesto, sino por cómo de amigo eres del fulano de turno…por lo tanto, ¡tendré que tirar de agenda estos días!

El viernes fui a clase y a ver la nueva residencia que la universidad me ha propuesto. Está mejor, pero debo compartir un cuarto pequeño con un inglés bastante guarrete, lo cual no me hace muy feliz, pero bueno…si sólo voy a estar dos meses aquí, quizás sea lo mejor. Me he puesto de fecha límite, con el beneplácito de Carmen (¡a la que le parece bien todo lo que hago/digo!), el lunes. Si en el finde no encuentro nada mejor, la semana que viene cojo mis bártulos y me mudo.

A ver qué pasa…de momento me alegro de que esta semana haya pasado y que la próxima se me presente con varias citas importantes: me cambian de grupo en la escuela a uno más difícil, por fin vuelve mi headhunter de París (lleva dos semanas arreglando un problema de visa en Francia), deberé encontrar un sitio estable para quedarme estos dos meses y tengo varias fiestas gordas que no me pienso perder (¡salvo fuerza mayor!).

¡Días grandes, los que me esperan!... Me voy a la calle a celebrarlo, ¡que he quedado con Karen y Yosi! Yuhuuuu