martes, 19 de abril de 2011

CAPÍTULO 14. 19 DE ABRIL, MI CASA.

Mi casa es el sueño de cualquier buen bohemio europeo que se precie, dado que sitios como este ya no existen en el viejo continente. Me imagino que en el pasado (en los sesenta, setenta y ochenta), los hubo, pero la especulación inmobiliaria los devoró haciendo impensable, a día de hoy, encontrar viviendas tiradas de precio, pendientes de reformar, en las mejores zonas de las capitales.

El edificio, en mitad de un barrio súper elitista de Moscú (recordemos: una de las ciudades más caras del mundo), está que se cae de viejo, pero a la vez, rebosante de vida… mucha más que cualquiera de las casas de enfrente en las que vemos por la noche hogares iluminados por pantallas de plasma, sirvientes poniendo la mesa y niñeras acostando a niños: todo un contraste con nuestras radicalmente opuestas rutinas. Lo que ven los vecinos del otro lado de la calle a través de nuestras ventanas sin cortinas es gente joven con muebles viejos, sin televisor, que se dedica a pintar paredes por las tardes y reunirse por las noches para reírse bebiendo vino sentados en cajas, en sillas encontradas en la calle o simplemente en el suelo.

He de decir que mi piso es, dentro del bloque, el más aburguesado, pero aún así tiene un puntazo hippy que no se lo puede quitar nadie… Cuando nos mudamos no había, como en el resto de apartamentos del portal, nada de nada: el inodoro y un sillón en el salón. Y ya. Nuestros amigos nos han ido regalando cosas y el novio de Verónica, un manitas, nos las ha colocado: muebles para la cocina, cortinas, lavabo, frigorífico, lavadora, azulejos para el baño… Ahora mismo nos encontramos a medio acabar, pero todo tiene una pinta bastante decente y ya invitamos a gente a cenar y esas cosas. Los chicos de al lado alucinan cuando vienen, ya que el suyo es un apartamento sin paredes (o en la jerga moderna, un "loft") en el que han puesto varios colchones por el suelo y objetos inconexos esparcidos aleatoriamente para decorar. Tenemos mucha relación con ellos porque han acordado que nadie fuma dentro del piso, con lo que cada vez que salimos al portal, está alguno echándose un pitillo; y se da la circunstancia de que ellos fuman mucho y nosotros entramos y salimos más aún, por lo que, blanco y en botella…¡amistad asegurada!

Tenemos un ultramarinos justo debajo y pasamos por allí una o dos veces al día para abastecernos. Los mancebos, dos chicas y dos chicos del Cáucaso, son las personas más amables que he conocido nunca en Rusia y me hablan con muchísimo respeto y yo diría que hasta cariño. Siempre me preguntan por mi día, por mis compañeras de piso, me dan consejos sobre qué cenar o cómo preparar las comidas y a veces hasta se animan a practicar un poco de inglés conmigo. Uno de los chicos estaba enamorado de Karen, pero la irlandesa ha roto, sin quererlo, todo el hechizo, ya que se ha pasado una temporada bajando por las noches emperifollada a por vino, y luego, por las mañanas, demacrada a por agua…y claro, eso no queda bonito en una dama, a los ojos de un inocente y bonachón tendero que busca en cada chica una madre para sus hijos. A ella le da igual, está más interesada en el treinteañero rubio con pinta de malote que entra y sale siempre con mucha prisa del portal, ataviado con gafas de sol y chupa de cuero. Vive encima de nosotros, aunque aún no sabemos con quién. Los vecinos de arriba son muy tranquilos, al contrario que los de abajo, un grupo de rock alternativo que ensaya de forma escandalosa cada tarde. A mi me suelen cortar la siesta, pero me da igual porque la música que tocan está chula y no seré yo quien coarte a ningún artista que quiera expresarse, por mucho que a veces me tenga que poner los tapones para los oídos.

A falta de muebles en mi cuarto (tengo la cama, una barra para la ropa y una mesa), paso gran parte del día en el salón, dónde hay dos sofás, una mesa, la radio, recuerdos varios de viajes y plantas. Las casas en Moscú no suelen tener salón (el suelo es tan carísimo que siempre se aprovecha todo el espacio posible para dormitorios), por lo que podemos considerarnos unos privilegiados, todo el que viene lo dice. Es el primer comentario al entrar. Justo después, el segundo es siempre: ¿por qué os falta media pared?

En uno de los tabiques del salón hay un agujero enorme, justo detrás del sofá. Una de las primeras semanas aquí, mientras Karen y Verónica pintaban, a la segunda le dio por tirar de una pestañita que sobresalía al lado del marco de la puerta. Rascó un poquito, y ¡voilà!, se llevó consigo gran parte del pladur de ese testero. Aquella tarde la siempre divertida Karen lloró de la risa mientras la siempre perfeccionista Verónica lloraba de la rabia contemplando los pedazos de pared en el suelo. A mi me dio un poco igual, hasta lo vi decorativamente interesante.

A día de hoy, semanas después, el hueco en la pared se ha convertido en un tema de conversación muy recurrente entre todos nuestros invitados: Olivia dice que es un monumento a la guerra, Karen lo llama “arte”, Laura, Chris y Joshua ven un falo gigante, yo, el mapa de Italia, y Verónica no se pronuncia ya que se pone mala cada vez que lo mira, jaja. Hemos hablado de restaurarlo, pero creo que ya nos hemos acostumbrado a él. No nos costaría trabajo, la verdad, ya que el portal está lleno de útiles de albañilería y gente currando (como todos los pisos están igual de viejos, todos estamos adecentándolos como podemos).

Algún día, cuando el tiempo sea mejor, voy a coger una silla y me voy a sentar en el patio a observar el goteo constante de gente que transita por mi portal, ya que estoy seguro de que sería toda una experiencia. Ya cuando salgo para mis quehaceres habituales me suelo cruzar con historias con una pinta súper atractiva, pero nunca tengo tiempo de indagar: que si una familia china para arriba, que si albañiles para abajo, que si la chica del pelo rapado con el perro, que si los del grupo de rock, que si adolescentes con cervezas sentados en las escaleras, cemento para arriba, escombros para abajo, un sofá en el ascensor, un piano en el rellano, lámparas viejas, discos de vinilo en los contenedores, bicicletas recién pintadas…¡aquello es una novela de los Álvarez Quintero!

En definitiva, que llevo ya casi un mes aquí y le he cogido bastante cariño. Espero poder quedarme más tiempo, por lo menos hasta septiembre, ya que estamos situados a un paso de Krasniy Oktiabr, la isla en la que el año pasado florecieron en verano innumerables galerías de arte, discotecas, restaurantes, showrooms de moda y talleres de artistas. Alguna vez la he mencionado como el “Manhattan Moscovita” y de verás que no puedo esperar a que empiece la temporada de fiestas en la terraza de Strelka o los festivales de música en el patio de la antigua fábrica de chocolate… Mientras todo eso llega, me conformo feliz, con levantarme cada mañana y admirar, desde mi ventana, las vistas más increíbles que he tenido nunca desde un dormitorio:

3 comentarios:

  1. Verdaderamente, tienes madera de escritor, sino encuentras trabajo creo que podrías ganarte la vida escribiendo.Un beso My P

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  2. Tienes que hacer fotos de todo lo que relatas.......escaleras,la tiendecita de abajo,al tendero........y por supuesto a la no pared famosa. Un beso , cuidate.Karin

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