sábado, 9 de abril de 2011


CAPÍTULO 11. 31 DE MARZO - 3 DE ABRIL, AMINORANDO LA MARCHA.

La semana pasada acabó tranquila, lo cual es algo que me apetecía bastante y que me vino fenomenal para descansar.

El jueves fui a la Russian Fashion Week para ver el desfile de moda española. Este es un evento que a mi me parece hortera y cateto (está lleno de famosos de segunda y nuevos ricos), pero dado que el show lo había montado la gente de mi ex-departamento, a la que yo aprecio mucho, no podía faltar. Además, de nuevo me habían dado invitaciones para mis amigos y era una ocasión perfecta para reencontrarme con ellos. Invité a Olga y Víctor, que disfrutaron bastante, según me dijeron, ya que no todos los días uno tiene la ocasión de codearse con tantísima perla y tantísimo botox.

Para mi, el desfile estuvo bien, pero el momento de la noche sucedió justamente a la salida, cuando buscábamos el coche de Olga por la rivera del río Moskva. No recordaba dónde lo había aparcado y pasamos como quince minutos riéndonos de/con ella, calle arriba y calle abajo. La pobre se excusaba diciendo que era rubia natural y que tenía muchas cosas en la cabeza como para acordarse del coche... Yo no me quejé en ningún momento ya que el tiempo era bueno y el marco incomparable para pasear: a un lado, el grandioso hotel Ukraina iluminado; al otro, los rascacielos del nuevo barrio financiero de Moscú. Como ya estaba oscuro, no se distinguía lo feísimos que son estos edificios, sino que se veían tan sólo enormes haces de luz en el horizonte que se reflejaban en el río, lo cual resultaba bastante glamouroso (¡mucho más que la Russian Fashion Week!). Por un momento me recordó a Shangai y me vino un flashback de la noche tan fantástica que pasamos Cristina, Teresa, Gorka y yo de fiesta allí el verano pasado. Ensimismado en mis recuerdos, a unos doscientos metros del World Trade Center, encontramos el coche.

Olga nos dejó a Victor y a mí en Propaganda. El panameño quería agradecerme las invitaciones al desfile con una copa en el que dicen fue el primer garito al estilo europeo después de la caída de la URSS. A mi Propa me encanta para comer, pero no para bailar, por lo que después de unos vinos y un buen filete, cuando apartaron las mesas y el restaurante se convirtió en discoteca, yo me retiré prudentemente a descansar, que al día siguiente, como todos los días, tenía que estar a las ocho en planta.

El viernes pretendía que fuera un día tranquilo pero Tom Washington, periodista en el Moscow Times, me invitó a su post-party de cumpleaños. Andaba un poco reticente a moverme de casa, pero quedé tan fascinado cuando me explicaron el concepto de dicha post-party, que no tuve otra que asistir. Me explico: este hombre había celebrado su cumpleaños la semana anterior, pero como muchos de sus colegas no pudimos asistir, volvía a festejar esa semana con una segunda fiesta, en una casa diferente y con gente distinta. Me hizo tanta gracia que se ganó mi favor y consiguió arrancarme del sofá. No obstante, como estaba algo cansado, esa noche me la tomé con mucha calma y ni bebí ni me pasé con los horarios, fruto de lo cual, a la mañana siguiente amanecí temprano y fresco como una lechuga.

El sábado fui por la tarde a un “club de conversación” en Le Pain Quotidien de Belorruskaya. El miércoles, en la fiesta del Ritz había conocido a una ruso-americana que organizaba reuniones para practicar el idioma de Pushkin y me convenció a probarlo. No estuvo mal. Había extranjeros y rusos deseosos de hacer nuevos amigos, por lo que durante dos horas escuché muchas historias y conocí a gente muy agradable. Algunos de los clientes sentados en la cafetería nos miraban alucinados y pensando: ¿qué harán este grupo de veinte pirados? ¡Hasta nos echaron una foto! Después de eso, le dije a Julio que no podía ir a su cumpleaños (me dolía un poco la cabeza) y me fui a casa a ver una peli soviética, de las de la colección de Karen.

El domingo por la mañana estudié y por la tarde fui a probar unas clases que voy a sustituir por las de la universidad. Las da una señora de unos ochenta años que vive a cinco minutos a pie de mi casa y que es, en si misma, merecedora de muchos párrafos de mi blog, por lo que esperaré a hablar de ella, su casa, su perro y de nuestros encuentros a otro momento más oportuno…

2 comentarios:

  1. ¿Por que nadie hace comentarios al final?Karin
    Animaros pq es gratificante para el que escribe.
    A mi me encanta!!!Besos

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  2. Jaja, muchas gracias por tu apoyo y entusiasmo, tita! ;)

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