CAPÍTULO 10. 30 DE MARZO, UNA NOCHE EN EL RITZ.
El miércoles a media tarde caía una nevada monumental sobre Moscú mientras yo, recién salido de la ducha, abrillantaba mis zapatos y aguardaba la puntual visita de Carmen, mi anfitriona durante las primeras semanas que pasé en Rusia en marzo. Esta, como siempre, no se demoró ni un minuto de la hora pactada y apareció a las 18,15, mojada, sudando y despeinada, pero con el mismo buen humor de siempre y un delicioso bizcocho de los suyos bajo el brazo. Venía a “cotillear” la casa que yo había cambiado por la suya, a recoger las perchas que me prestó y a verme la cara y ponernos al día (¡que pasar de largas charlas de sobremesa a fríos emails es un cambio demasiado radical y teníamos que atajarlo de alguna manera!).
En la hora que pasamos juntos nos dio tiempo a que ella me hablara de su semana y yo le contara mis progresos con el ruso, el trabajo y detalles de algunos de los episodios que ya había relatado en el blog durante esos días (algo que, por cierto, se me empieza a hacer frecuente). No obstante, una vez acabado el té, el café y los consejos, nos tuvimos que ir a toda prisa, ya que a mi me esperaban en el evento que tenía para esa tarde: la gran fiesta de apertura de
Una vez más (¡y ya iban tres en esa semana!), de blanco y negro, repeinado y oliendo a ese perfume tan fresco y al mismo tiempo sofisticado que Verónica me regaló por mi cumpleaños, salí a la calle dispuesto a disfrutar de otra sesión de champán, canapés y faranduleo...
Eran más de las ocho cuando llegué a la bulliciosa calle Tverskaya y crucé los controles de seguridad de entrada al evento. No era ni el primero ni el último de los invitados, lo cual es bueno, dado que en la sala de baile de la primera planta del hotel ya circulaban bandejas con delicatessen y la mayoría de los asistentes estaba bebiendo su segunda copa.
Allí conocí a personas bastante interesantes, además de reencontrarme con amigos y gente de la embajada. De nuevo, me volvieron a preguntar varias veces que quién era la chica que me acompañó a la apertura de “20 Trajes para Rusia”, ya que había sido tema de conversación entre todos los corrillos de invitados. Me hizo mucha gracia que mi exjefe, una de las personas más críticas que conozco, me dijera que la quiere en cualquier celebración que organice la embajada, ya que nunca ha visto a una mujer con mayor clase y mejor porte que mi amiga Masha. “Ya se lo comentaré…”, le contesté orgulloso.
La fiesta transcurrió sin sobresaltos entre trajes largos, pajaritas, fotógrafos y famosos, pero a mi se me empezó a hacer un poco estirada en un momento de la noche, en el que un dj intentaba hacernos bailar y allí nadie movía un dedo, más allá que para coger un canapé. Fue entonces cuando me llamó mi amiga Sascha para invitarme a la presentación de una nueva marca de ron. “No puedo Sascha, estoy en el Ritz, en la fiesta de
A la media hora estaba allí mi amiga con su traje negro, su diadema de brillantes y sus historias para contar que sabe que me encantan...
Debajo de una lámpara de araña del tamaño de un coche (¿o más grande quizás?) y champán en mano, Sascha me hizo, como en otras ocasiones, un breve repaso del “quién era quién” en la fiesta de
Así pues, una vez hecho nuestro examen de rigor a los asistentes al evento de la primera planta, tomamos el ascensor para arriba y… ¡voilà! Otra música, otra gente, otro tema, otra fiesta…mucho más relajada y divertida, en mi opinión. Además, el recinto acristalado con todo el horizonte moscovita iluminado a nuestros pies le daba veinte vueltas a los tapices, moquetas y apliques de oro de la planta baja. Allí bailamos, bebimos ron, conocimos a más gente, vimos una exposición de fotografía que se celebraba en paralelo y lo pasamos estupendamente. Sin embargo, en un momento de la noche nos dimos cuenta de que los canapés y la bebida estaban mejor abajo (en la azotea sólo había ron), por lo que comenzamos un peregrinaje, que repetimos varias veces, consistente en ir a la primera planta a abastecernos y volver a la alta a bailar. Ascensor para arriba, ascensor para abajo. Champán y queso, ron. Ascensor para arriba, ascensor para abajo. Suelo de mármol, moqueta. Ascensor para arriba, ascensor para abajo. Trajes largos, chicos en vaqueros. Ascensor para arriba, ascensor para abajo…
Al final, tanto bailoteo y movimiento nos cansó y decidimos acabar el día dando un paseo. Dado que estábamos en el centro y que la noche había quedado preciosa, fuimos a ver
La abuela se interesa por tu blog y como el ordenador le supone un suplicio he decidido fotocopiarle todas las hojas , así ya tienes a otra seguidora. Un beso Karin
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